Las implicancias socio-políticas de las demandas colectivas

Las sociedades tienen una característica importante: su dinamismo. Esto  puede llegar a afectar o modificar tanto las formas de interacción social (individual y grupal), los valores, las normas y códigos de comportamiento, así como también su estructura social  y política. En este proceso de cambio, es posible advertir causas, estrategias e implicancias.

Respecto a las causas, las crisis sociales, políticas, económicas, o sanitarias, derivadas de problemas de corrupción,  gobernabilidad, representación política, delincuencia, desigualdad, cesantía, pandemias, entre otros, en general, tienden a instaurar una narrativa de disconformidad, desconfianza, o irritación hacia el poder político que favorece la construcción de discursos, demandas colectivas y movimientos sociales que propenden al cambio, sustentándose -desde la primavera árabe como punto de referencia- en la legitimidad de la protesta social como instrumento de cambio socio-político para gran parte de la sociedad civil.

Desde entonces, tanto en Egipto, Libia, España, Hong Kong, Paris y Chile, por nombrar algunos, se observa una persistente resistencia de carácter confrontacional contra el poder político, legislativo y judicial, así como también contra instituciones, entre ellas, las de orden y seguridad y fuerzas armadas, sostenida en gran medida por un discurso dialéctico de “ellos o nosotros”, el que se ha convertido en la impronta de gran parte de este tipo de movimientos.

En cuanto a las estrategias, las redes sociales se han convertido en el gran aliado para la consecución de objetivos por parte de los movimientos sociales. Su inmediatez (en contenido e imágenes) y capacidad de convocatoria, favorecen y dan soporte a las narrativas colectivas, colaborando con la construcción y legitimación de las demandas. Su poder es tan grande e incontrolable, que es capaz de generar o desvirtuar la realidad al arbitrio de quien produce o manipula los contenidos.

Otra estrategia es el uso de la violencia (directa o simbólica) para la consecución de objetivos. Esto es importante, si se considera que el Estado, siguiendo a Max Weber, por definición, es el que ostenta el uso legítimo de la violencia. Sin embargo, esa legitimidad hoy es cuestionada e incluso enfrentada por una ciudadanía que no reconoce ni acepta ese monopolio de la violencia. Es más, se opone y enfrenta públicamente a cualquier actor (estatal o privado) que implícita o explícitamente intente regular, contener o mitigar esas conductas.

Finalmente, las implicancias de estas dinámicas de cambio son evidentes en contextos complejos como los descritos, por ejemplo: aumentan los problemas de gobernabilidad; se instrumentaliza la política, lo que genera una importante crisis de representatividad (producto de la improvisación y el desprestigio de parte de la clase política) que solo lleva a pensar nuevamente en Weber y en su alocución sobre “vivir para la política” o “vivir de la política”; se fractura la confianza en las instituciones; se afecta el tejido social, polarizándose la sociedad en posturas cada vez más contrapuestas y radicales que inhiben el diálogo y los consensos; y, como consecuencia, se desencadena la desorganización social, dónde dejan de respetarse las normas de comportamiento público, se afecta la acción colectiva, se reduce la capacidad regulatoria y el control social formal e informal de la comunidad e instituciones públicas, aumenta la presencia y ocurrencia de diversos tipos de delitos y, con ello, se instala en el inconsciente colectivo una sensación de constante amenaza e incertidumbre.

Por ello, y como reflexión final, a continuación se presentan algunas ideas que se estiman relevantes para comprender y enfrentar estas nuevas dinámicas:

Primero, como lo indica Foucalt, la necesidad de un cambio de estrategias, prácticas y racionalidad política que permita a las autoridades una lectura adecuada de estas dinámicas de cambio social y de las nuevas formas de poder que están emergiendo a nivel global (más horizontales). Sin esa conducción que regule esta nueva forma de relación entre la población y el Estado, el escenario futuro no solo se prevé incierto, sino que incluso podría ser caótico.

Segundo, no solo las autoridades son responsables de crear una sociedad orientada al bien común. Como bien lo expresa Hanna Arendt, la política es un espacio de relación en la que participan diversos actores. Uno de ellos, es el propio pueblo. Sin su compromiso y voluntad por lograr una sociedad que sea segura y que pueda desarrollarse normalmente, no será posible alcanzar un estado de paz y certidumbre futura, ya que, como agentes constitutivos del Estado, son actores activos y constructivos de la realidad junto con el poder político.

Por ello, y para finalizar, cabe recalcar la importancia del trabajo mancomunado entre todos los actores de la sociedad y evitar que se encarne la lógica de “mundos opuestos”. Solo así, las dinámicas de cambio podrán apuntar a un beneficio común y no a la fragmentación socio-política.

Bibliografía Sugerida:

Weber, Max. (2003) El político y el científico. Editorial Prometeo

Weber, Max (2012). La política como vocación. Editorial Alianza

Foucalt, Michel (2012). Biopolítica, poder y orden mundial: futuros inciertos

Arendt, Hanna (2019). ¿Qué es la política? Editorial Paidos

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