Introducción
Actualmente, el mundo enfrenta una crisis de fertilizantes derivada del conflicto militar entre Estados Unidos, Israel e Irán, iniciado a finales de febrero de 2026. Esta situación está afectando gravemente el mercado global de estos insumos y poniendo en riesgo la seguridad alimentaria a escala mundial. La escalada del conflicto ha afectado directamente a uno de los principales centros de producción y comercio de fertilizantes, provocando un aumento significativo de los precios y una marcada escasez en un momento crítico para la agricultura.
El estrecho de Ormuz, un punto estratégico para el comercio internacional de fertilizantes y energía, ha permanecido prácticamente cerrado, interrumpiendo el tránsito de cerca de un tercio del comercio global y afectando la producción en la región. Como consecuencia, se han bloqueado las exportaciones de millones de toneladas de fertilizantes ya producidos en el Golfo. Asimismo, diversas plantas han debido cerrar o reducir su actividad al no poder distribuir sus productos. A esto se suma la interrupción de las cadenas de suministro de gas natural, como el ataque al yacimiento de gas Pars (A24, 2026), azufre y otros insumos esenciales, lo que ha derivado en una crisis inmediata de abastecimiento. En este contexto, los fertilizantes destinados a agricultores de Asia, Europa, América y África permanecen retenidos o se han desviado, lo que genera costos adicionales significativos (Farm Progress, 2026).
Figura N°1 Mapa del yacimiento de gas de Pars, el más grande del mundo y gestionado conjuntamente por Irán y Catar Nota:A24 (2026).
Por otra parte, la alta dependencia del gas natural —principal insumo en la producción de fertilizantes nitrogenados— ha provocado la paralización de plantas en países como Catar, India, Bangladesh, Egipto, Australia y Brasil, lo que ha reducido considerablemente la oferta mundial. En este escenario, Estados Unidos reporta una escasez cercana al 25%, mientras que las exportaciones de urea se han reducido a la mitad. Como resultado, los precios han aumentado un 40% en Medio Oriente y un 32% en Estados Unidos, con proyecciones que advierten que podrían duplicarse si el conflicto se prolonga (Reuters, 2026).
Dado que aproximadamente la mitad de la producción mundial de alimentos depende del uso de fertilizantes, estas disrupciones constituyen una seria amenaza para la agricultura, especialmente en países altamente dependientes de las importaciones de fertilizantes, como India y Brasil. La escasez y el incremento de los costos —particularmente de fertilizantes nitrogenados como la urea— afectan directamente los rendimientos agrícolas y la disponibilidad de alimentos, agravando la inseguridad alimentaria en las regiones más vulnerables (Reuters, 2026). De hecho, el 18 de marzo, China anunció la suspensión de sus exportaciones de fertilizantes, incluida la urea, un insumo clave para su producción (China Global South Project, 2026).
Para agravar la situación, esta interrupción ocurre justo antes de la temporada de siembra de primavera en el hemisferio norte (de marzo a mayo en Estados Unidos, Europa y Canadá, entre otros), periodo en el que los agricultores requieren grandes volúmenes de fertilizantes para cultivos como maíz, trigo y arroz. Asimismo, los países del hemisferio sur —entre ellos Chile, Argentina y Brasil—, de cara a su próximo ciclo agrícola, también se verán afectados por estas disrupciones (The Conversation, 2026).
Figura N°2 Trabajadores descargan fertilizante de urea de un buque de carga en el puerto de Yantai, provincia de Shandong (China), el 13 de marzo de 2026 Nota:China Global South Project (2026).
Importancia de la ubicación de Irán para los fertilizantes
La región del Golfo Pérsico —en particular, países como Catar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos— concentra una parte significativa de la producción mundial de fertilizantes nitrogenados, como la urea y el amoníaco. Esta producción depende en gran medida del gas natural local, caracterizado por su bajo costo. En conjunto, estos países representan aproximadamente la mitad de las exportaciones globales de urea y cerca del 30 % de las de amoníaco.
Asimismo, los fertilizantes fosfatados y otros insumos clave, como el azufre, están estrechamente vinculados a esta región. En términos logísticos, su importancia es aún mayor: alrededor de un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes transita por el estrecho de Ormuz, el único corredor que conecta el Golfo Pérsico con el Océano Índico (DW, 2026).
Figura N°3 Exportaciones de fertilizantes de países del Golfo Pérsico en 2023 Nota:DW (2026).
El salitre chileno como una solución parcial a la actual crisis mundial de fertilizantes
El salitre chileno, extraído del desierto de Atacama, representa una alternativa natural y estratégica frente a la actual interrupción del suministro de fertilizantes nitrogenados sintéticos provenientes del Golfo Pérsico. Históricamente conocido como «nitrato de Chile», este recurso —compuesto principalmente por nitrato de sodio (NaNO₃)— fue durante décadas el principal fertilizante nitrogenado del mundo hasta la invención del proceso Haber-Bosch a inicios del siglo XX. Hoy, en medio de la crisis provocada por el cierre efectivo del estrecho de Ormuz debido al conflicto en Irán, Chile mantiene una producción activa de nitrato de sodio natural.
A diferencia de los fertilizantes sintéticos (como la urea y el amoníaco), que dependen de gas natural y de procesos industriales intensivos en energía, el salitre chileno se obtiene mediante métodos de lixiviación y procesamiento que no requieren insumos fósiles a la misma escala. Esto lo convierte en una opción más resistente a las disrupciones energéticas y logísticas globales actuales.
Aunque la producción chilena de salitre no alcanza los volúmenes masivos de la urea del Golfo (que representa cerca del 50% del comercio mundial de este fertilizante), podría mitigar parcialmente la escasez en mercados específicos. El nitrato de sodio chileno ofrece ventajas agronómicas: libera nitrógeno de forma gradual, reduce la lixiviación en suelos arenosos y actúa como corrector de acidez en ciertos cultivos. Países como Brasil, Estados Unidos y varios en Europa y Asia ya lo importan para diversificar fuentes y reducir la dependencia de suministros vulnerables. En el contexto actual, con los precios de urea disparados por encima de los 700 dólares por tonelada métrica, el salitre chileno —cuyo precio es más estable y competitivo en nichos— podría ganar relevancia no solo como puente temporal mientras se resuelve la crisis en el Medio Oriente, sino también como proveedor confiable permanente, lejos de zonas de conflicto.
Sin embargo, para que el salitre chileno se convierta en una solución más amplia, sería necesario acelerar las inversiones en capacidad extractiva y logística, así como promover su uso en programas de seguridad alimentaria global. Organismos internacionales como la FAO podrían incentivar su adopción en regiones vulnerables de África y Asia, donde la falta de fertilizantes nitrogenados amenaza directamente las cosechas de 2026. Chile, con su experiencia centenaria en este recurso único del desierto de Atacama, tiene la oportunidad de posicionarse nuevamente como proveedor clave en un momento de vulnerabilidad mundial, contribuyendo a estabilizar la oferta alimentaria mientras persiste el bloqueo en el estrecho de Ormuz.
Análisis militar-estratégico
La crisis mundial de los fertilizantes se presenta como una oportunidad para Chile. En un mundo con chokepoints estratégicos[1] vulnerables, como Ormuz, Bab el-Mandeb o Panamá, el salitre constituye un activo de diversificación. Chile podría posicionarse como proveedor «seguro» de seguridad alimentaria, atrayendo inversión extranjera y contratos a largo plazo.
Desde una perspectiva militar-estratégica, la crisis mundial de fertilizantes tiene implicaciones en la geopolítica de los recursos, en las vulnerabilidades de las cadenas de suministro globales y en las oportunidades de posicionamiento estratégico para Chile en un escenario de conflicto en el Medio Oriente.
Cabe destacar que el nitrato de sodio natural (NaNO₃) de Chile es una opción resistente a las disrupciones energéticas y logísticas mundiales, ya que no depende del gas natural ni de rutas vulnerables como la de Ormuz.
[1] Un «chokepoint estratégico» es un punto geográfico clave —generalmente estrecho o de paso obligado— cuyo control permite influir de manera desproporcionada en flujos críticos, como el comercio, la energía, el transporte o las comunicaciones.
Ventajas militares-estratégicas:
Por un lado, tenemos la «resiliencia geográfica». Chile está en el hemisferio sur, lejos de las zonas de conflicto activo en el Medio Oriente y en otras regiones del hemisferio norte. Sus rutas de exportación, principalmente vía puertos del norte como Iquique o Antofagasta, evitan el Atlántico Norte o el Índico occidental, reduciendo la exposición a bloqueos o sanciones relacionadas con el conflicto.
Por otro lado, «la producción de salitre no depende de insumos fósiles volátiles». La extracción vía lixiviación del salitre utiliza energía solar y procesos de bajo consumo energético, en comparación con el proceso sintético de Haber-Bosch. En un escenario de precios energéticos elevados, el salitre chileno mantiene costos más estables.
Limitaciones estratégicas:
El salitre chileno actualmente presenta una «escala insuficiente». El mercado global de urea sintética alcanza una magnitud considerablemente mayor, por lo que, en su estado actual y sin inversiones significativas, el salitre no podría sustituir en volumen la oferta proveniente del Golfo. Sin embargo, este escenario cambiaría con una inversión rápida y sustantiva, como se explica en el párrafo siguiente.
Para expandir su producción, el salitre chileno depende críticamente de la inversión y la logística. En este sentido, Chile debe acelerar el desarrollo de su capacidad de extracción. Cualquier proceso de expansión requiere inversiones en minería, puertos y transporte, y enfrenta posibles cuellos de botella internos —especialmente en el suministro de agua y energía en Atacama—, varios de los cuales ya están siendo abordados.
Entre estas iniciativas destacan la desalación de agua de mar (Diario Financiero, 2026) y la planificación y construcción del megapuerto Copiaport-E (Video corporativo Copiaport-E, 2025). Este último se proyecta como una infraestructura que contempla dos terminales, uno granelero y otro multipropósito (Diario Chañarcillo, 2025), incluyendo un área específica para fertilizantes —como se observa en la Figura 4— con una inversión estimada de US$ 450 millones (Meganoticias, 2025). Asimismo, se espera que opere como un hub logístico tanto marítimo —con alcance global— como terrestre, particularmente hacia Argentina y Brasil, países con alta demanda de fertilizantes.
Figura N°3 Área de Fertilizantes» del proyecto Copiaport-E Nota:captura de fotograma del video corporativo Copiaport-E (2025).
Finalmente, en este acápite, aunque Chile es neutral y estable, un «conflicto global» podría afectar las rutas de exportación o generar presiones diplomáticas por parte de las grandes potencias en torno a los recursos críticos.
Conclusión
Se identifica una ventana de oportunidad táctica para el salitre chileno en el contexto de una crisis derivada de la guerra en Medio Oriente en un chokepoint estratégico. No obstante, y desde una perspectiva militar-estratégica, no constituye una solución transformadora: por ahora, su escala limitada lo posiciona como un complemento, más que como un sustituto de la oferta global. El principal aporte radica en la lección geopolítica subyacente: en un sistema internacional altamente interconectado, el control o la interrupción de chokepoints críticos —como Ormuz— puede generar efectos desproporcionados en la seguridad alimentaria. En este contexto, recursos como el salitre chileno adquieren relevancia como activos indirectos de seguridad nacional.
En consecuencia, Chile debería capitalizar esta coyuntura mediante la aceleración de las inversiones y la promoción del salitre en instancias multilaterales, al tiempo que monitorea la evolución del conflicto. Una eventual normalización del tránsito en Ormuz aliviaría las presiones actuales; no obstante, una disrupción prolongada podría incrementar significativamente su valor estratégico. Incluso si la situación en Ormuz se resuelve, la necesidad de diversificar proveedores sugiere que el salitre chileno continuará ganando relevancia como un insumo estable para la seguridad alimentaria.
En síntesis, en la actualidad el salitre no resuelve la escasez que genera esta futura «tensión alimentaria», pero sí puede contribuir a mitigar sus efectos colaterales y posicionar a Chile como un actor resiliente en un orden global cada vez más fragmentado por disputas en torno a recursos estratégicos.