El conflicto entre Estados Unidos e Irán: tensión e incertidumbre
Introducción
La ofensiva estadounidense-israelí contra Irán entró en una fase de intensificación militar seguida por una voluntad frágil de negociar. Durante el mes de julio las principales acciones se desplazaron desde el programa nuclear iraní hacia el control de las rutas marítimas, especialmente del Estrecho de Ormuz y, ahora, del Mar Rojo, transformando la motivación del conflicto desde la degradación de capacidades estratégicas iraníes a una confrontación de desgaste en la que Teherán emplea su posición geográfica, misiles, drones y aliados regionales para incrementar los costos económicos y militares de Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo.
Principales acontecimientos
El Memorándum de Entendimiento (MOU) se transgredió entre el 7 y 8 de julio, tras los ataques a buques comerciales en el Estrecho de Ormuz. Washington los atribuyó a Irán, respondiendo con la reanudación de operaciones aéreas que alcanzaron más de 80 objetivos iraníes, con armamento de precisión, que degradaron los sistemas de defensa costeras y las capacidades marítimas iraníes para atacar buques comerciales. Las localidades atacadas se encuentran en la costa sur del territorio iraní e islas en el Golfo Pérsico donde se concentran importantes puertos comerciales, instalaciones petrolíferas y en el caso de Bushehr, la única central nuclear de uso civil del país. La Guardia Revolucionaria Islámica de Irán respondió atacando, con misiles balísticos, instalaciones como la base de la Quinta Flota de Estados Unidos en Bahréin, bases militares en Kuwait y el aeropuerto internacional de Aqaba en Jordania, regionalizando la escalada del conflicto (Hafezi & Holland, 2026; Singh, 2026).
El Presidente Donald Trump declaró terminado el acuerdo provisional y que no deseaba continuar negociando (Pamuk et al., 2026). El 10 de julio, notificó al Congreso que las hostilidades se habían reanudado el día 7, intentando abrir un nuevo plazo de 60 días bajo la Resolución de Poderes de Guerra[1]; legisladores de ambos partidos cuestionaron esa interpretación, porque la guerra nunca había cesado completamente (Zengerle, 2026).
El Estrecho de Ormuz se convirtió en el centro de las principales acciones en lo político y económico. Estados Unidos defendió la libertad de navegación y reinstauró el bloqueo a los puertos iraníes; Irán sostuvo que el tránsito debía ajustarse a rutas y condiciones determinadas por Teherán. Incluso el estado material del estrecho fue objeto de una disputa informativa: el 12 de julio Trump afirmó que se encontraba abierto, mientras la autoridad iraní declaró imposible el tránsito (Agencia EFE, 2026a). Esta contradicción no fue meramente retórica y el 13 de julio comenzó la nueva fase ofensiva. El Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) atacó instalaciones en las localidades de Bushehr, Chabahar, Jask, Konarak, Abu Musa y Bandar Abbas, destinadas a la defensa costera, infraestructura naval y sistema de misiles (Singh, 2026). El 17 de julio, un ataque iraní contra la base Muwaffaq Salti, en Jordania, causó la muerte de tres militares estadounidenses y elevó la presión por una respuesta más dura (Ljunggren et al., 2026). Algunos medios de comunicación publicaron la ampliación de los ataques sobre infraestructura iraní y de las represalias hacia Aqaba en Jordania y el Estrecho de Ormuz.
Estas acciones dan cuenta de una asimetría decisiva. Para Estados Unidos, la eficacia táctica exige emplear armamento sofisticado a un ritmo difícil de sostener. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) estimó que la capacidad estadounidense había disminuido a menos de 1.000 interceptores Patriot y aproximadamente 250 THAAD, sin sustitutos equivalentes disponibles a corto plazo (Cancian & Park, 2026). El costo acumulado de la guerra llegó a 37.500 millones de dólares y el Pentágono solicitó cerca de 70.000 millones adicionales (Agencia EFE, 2026b). Para Irán, el éxito no requiere vencer, sino demostrar que conserva capacidad de daño, elevar el precio de la protección estadounidense y prolongar el conflicto hasta que el costo interno sea políticamente insostenible para Washington. El Institute for Study of War (ISW) evaluó que Teherán buscaba utilizar las bajas y los ataques sostenidos para debilitar la voluntad estadounidense y obtener reconocimiento de su control sobre el Estrecho de Ormuz (Institute for the Study of War & Critical Threats Project, 2026).
El 20 de julio, Estados Unidos reforzó el bloqueo naval de puertos iraníes, endureció las sanciones contra redes financieras y marítimas iraníes, además de ampliar los ataques; Irán respondió con ataques a bases estadounidenses en la región y advirtió sobre una “guerra existencial”[2]. Adicionalmente, amplió la confrontación a través de ataques a la navegación comercial, con el apoyo de sus aliados regionales, especialmente los hutíes, que extendieron la crisis hacia el Estrecho de Bab el-Mandeb en la costa arábiga del mar Rojo, incrementando el precio del petróleo por sobre los 100 dólares estadounidenses y alterando el libre tránsito marítimo en las rutas globales (Abouhassira, Elimam, & Elwelly, 2026; El País, 2026).
El 27 de julio, el Presidente Trump ordenó pausar temporalmente los ataques, probablemente motivado por la reducción de objetivos, presión logística y el riesgo de generar una guerra prolongada. Irán también disminuyó las represalias, a pesar de mantener vigilancia sobre el tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz. Durante el mes de julio ha quedado demostrado lo que Harding (2026) denomina talk-fight: negociar y combatir simultáneamente para mejorar la posición en la mesa, con un riesgo potencial de error de cálculo.
El día 29, fuerzas estadounidenses y saudíes atacaron milicias proiraníes en Irak, mientras un dron impactó un buque de almacenamiento de gas en el puerto egipcio de Damieta, aunque el ataque no ha sido reivindicado por Irán, introduciendo así al canal de Suez en la geografía potencial de la guerra (Rashad et. al., 2026).
El conflicto también ha impactado en los cuerpos diplomáticos presentes en la región. Países como Nueva Zelanda y Reino Unido redujeron temporalmente su personal en las embajadas del Golfo ante riesgos de ataques, y este último reforzó su seguridad tras advertencias indirectas de Irán sobre posibles represalias contra intereses británicos si autorizaban el uso de sus bases militares a Estados Unidos (Alashray, Ehab, & Ramadan, 2026; CFR, 2026).
Actualmente, Estados Unidos e Irán reconocen contactos diplomáticos indirectos con mediación de Qatar, Omán y Pakistán. Washington ha declarado a través de los medios de comunicación avances en las negociaciones, mientras Teherán ha negado negociaciones formales, pero no el intercambio comunicacional. Por otro lado, la visita del Primer Ministro israelí, el 28 de julio a Washington, da cuenta de la preocupación ante la posibilidad de un acuerdo limitado sobre la navegación por el Estrecho de Ormuz y no acerca del programa nuclear iraní.
[1] Es una ley federal destinada a controlar el poder del Presidente de los Estados Unidos para comprometer a los Estados Unidos en un conflicto armado sin el consentimiento del Congreso (Zengerle, 2026).
[2] Irán declara que libra una “guerra existencial”, haciendo referencia a que este conflicto implica la supervivencia de su régimen político, la estructura del Estado islámico y la seguridad nacional frente a ataques de Estados Unidos e Israel (Pannel, 2025).
Escenario plausible
Considerando el contexto actual, el escenario más plausible para los próximos meses es la continuidad del estancamiento coercitivo con negociaciones y escaladas limitadas, no una paz estable ni una guerra a gran escala. Estados Unidos mantendría ataques selectivos, sanciones, interdicción marítima y propuestas diplomáticas; Irán respondería bajo una regla de “ataque por ataque”, utilizando el Estrecho de Ormuz, misiles y drones. Las conversaciones seguirían mediadas por Omán, Pakistán, Irak u otros intermediarios, pero sin resolver rápidamente los tres nodos principales: régimen de navegación en el Estrecho de Ormuz, alcance del programa nuclear iraní y garantías de seguridad y sanciones.
Esta proyección se basa en cuatro factores. Primero, una invasión o toma de territorio iraní impondría costos militares y políticos que la Casa Blanca difícilmente podría sostener. Segundo, una retirada unilateral sería presentada por Irán como victoria y dañaría la credibilidad estadounidense ante sus aliados. Tercero, Teherán ha demostrado mayor tolerancia al castigo que la prevista por Washington. Cuarto, la disminución de interceptores, el aumento del petróleo y la oposición interna incentivan a Presidente Trump a buscar una salida. Por ello, se identifica como probable la consolidación de un punto muerto en que el Estrecho de Ormuz no esté completamente abierto ni cerrado y los ceses del fuego sean interrumpidos por ataques periódicos (Froman, 2026).
Los principales indicadores de ruptura de este escenario serían un ataque israelí unilateral contra instalaciones nucleares; una operación estadounidense contra la isla de Kharg; nuevas bajas masivas estadounidenses; el cierre efectivo simultáneo del Estrecho de Ormuz y de Bab el-Mandeb; o ataques sostenidos contra plantas de energía y desalinización del Golfo. Cualquiera de ellos podría transformar una negociación coercitiva en guerra regional abierta. A la inversa, un mecanismo internacional de navegación, límites verificables al control iraní del estrecho y una secuencia de alivio de sanciones podrían estabilizar una tregua, aunque no resolverían la rivalidad estructural.
Conclusión
Durante el mes de julio, la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha demostrado la diferencia entre superioridad militar y éxito estratégico. Ambos países han degradado gravemente las capacidades iraníes, pero no han conseguido traducir ese resultado operativo, en un cambio de régimen o apertura segura del Estrecho de Ormuz. Irán está debilitado, pero conserva instrumentos suficientes para internacionalizar los costos y explotar las vulnerabilidades económicas y políticas de sus adversarios. Como advirtió Hokayem (2026), los tres beligerantes pueden proclamar victoria y, simultáneamente, quedar en una peor posición estratégica.
La incertidumbre procede de tres contradicciones: Washington desea imponer condiciones sin asumir los costos de una guerra total; Teherán pretende sobrevivir y obtener reconocimiento regional mediante tácticas que profundizan su aislamiento; e Israel busca una neutralización duradera de Irán que no coincide plenamente dada la urgencia estadounidense por contener precios, bajas y desgaste electoral. Por ello, el conflicto probablemente continuará como una guerra de duración indefinida, con violencia limitada y diplomacia intermitente.