Centro de Estudios de la Academia de Guerra

Pese a su escasa visibilidad en la agenda internacional, la región oriental de la República Democrática del Congo (RDC) es uno de los escenarios de conflicto más prolongados y letales del mundo. Los enfrentamientos se concentran principalmente en las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur[1]. El grupo armado más destacado es el Movimiento 23 de Marzo (M23), al que se le acusa ampliamente de recibir apoyo militar directo de Ruanda. Sin embargo, la violencia es compleja y multifacética: en ella participan también las Fuerzas Armadas de la RDC (FARDC), milicias locales aliadas —como los Wazalendo— y más de un

centenar de fuerzas irregulares adicionales. La explotación de recursos naturales, como los diamantes, y en particular de minerales estratégicos como el coltán, el estaño y el oro, constituye un factor central del conflicto. Estos recursos financian las hostilidades mediante mecanismos como la imposición de tributos ilegales, el contrabando y el control de las zonas mineras.

[1] Kivu del Norte y Kivu del Sur son dos provincias del este de la RDC, ubicadas en la región de los Grandes Lagos africanos. Deben su nombre al lago Kivu, situado en la frontera con Ruanda.

Figura N°1 Mapa de la República Democrática del Congo, con Goma al este del país Nota: ONU (2026).

A finales de marzo de 2026, momento de elaboración de este Observatorio, la situación sigue siendo altamente inestable. No obstante el anuncio de treguas, estas han sido violadas reiteradamente. Ciudades clave como Goma (ONU, 2026) permanecen bajo la influencia del M23, mientras que ambas partes han intensificado el uso de ataques aéreos y de drones (ACLED, 2026).

 Breve reseña de la RDC

La RDC es un extenso país de África central que cuenta con una pequeña franja costera en el océano Atlántico. Su capital, Kinshasa, se ubica a orillas del río Congo y es la ciudad más grande de la región. Con una superficie de 2.344.858 km², la RDC es el segundo país más extenso de África, solo por detrás de Argelia. Alcanzó su independencia de Bélgica en 1960 y, entre 1971 y 1997, fue conocida como República del Zaire, antes de retomar su denominación actual (Encyclopedia Britannica, 2026). El país atravesó una devastadora guerra civil que concluyó oficialmente en 2003; sin embargo, la inestabilidad y los conflictos armados persisten (ACLED, 2024) hasta hoy en su región oriental (ACLED, 2025). 

Antecedentes históricos y actores

Los orígenes de la crisis actual se remontan al genocidio de Ruanda de 1994. Tras la masacre, cientos de miles de refugiados hutu huyeron hacia el este de la RDC, que entonces era Zaire. Allí formaron milicias como las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR). Otro actor clave es el Movimiento 23 de Marzo (M23), un grupo rebelde compuesto mayoritariamente por tutsi congoleños. El M23 ha demostrado una notable capacidad militar, como lo evidencia la toma de ciudades importantes, entre ellas Goma. Pese a las negativas oficiales de Ruanda, existe un amplio consenso internacional de que el M23 recibe apoyo logístico y militar directo de Kigali[2], lo que lo convierte, en la práctica, en un proxy ruandés. Ruanda, por su parte, cuenta con uno de los ejércitos más

eficaces y disciplinados de África y considera el este de la RDC una zona de seguridad crítica y su prioridad estratégica es neutralizar a las FDLR, incluso mediante operaciones más allá de sus fronteras. También hay que mencionar a las FDRC, que actúan para recuperar el ejercicio de la soberanía congoleña en esa zona. En esencia, el núcleo histórico del conflicto radica en la confrontación entre el Estado ruandés y las FDLR, con el M23 y las FDRC actuando como actores intermedios, en un escenario de profunda complejidad regional (CFR, 2026).

[2] Kigali es la capital de Ruanda.

Figura N°2 Mapa de la violencia política en África. Se destaca la región oriental de la RDC, con datos actualizados a noviembre de 2025. Nota: ACLED (2025).

Desde la firma de los acuerdos de paz de 2003, el este de la RDC nunca ha logrado estabilizarse, lo que ha propiciado el surgimiento de una multitud de facciones armadas. Algunos de estos grupos tienen una base étnica, mientras que otros actúan como meras organizaciones depredadoras.

Enfrentamientos actuales (2025 – marzo 2026)

A finales de enero de 2025, el M23 lanzó una gran ofensiva que le permitió tomar rápidamente la ciudad de Goma y ocupar temporalmente Bukavu y Uvira (International Crisis Group, 2025). Estas han sido sus mayores ganancias territoriales en más de una década. Actualmente controla amplias zonas de Kivu del Norte y partes de Kivu del Sur, donde ha establecido una administración paralela, recauda impuestos y recluta combatientes (Africa Center for Strategic Studies, 2025).

Figura N°3 Combatientes del M23 caminan por una calle de Bukavu. Nota: Africa Center for Strategic Studies (2025).

Las FARDC, respaldadas por las milicias progubernamentales Wazalendo y diversos grupos Mai-Mai, han lanzado múltiples ofensivas terrestres, dirigidas especialmente contra las zonas mineras controladas por el M23. Los combates son muy fluidos, ya que el M23 ha cedido algunas posiciones avanzadas, pero mantiene su núcleo territorial y continúa ejecutando contraataques (Critical Threats, 2026).

Una característica destacada de la fase actual es el fuerte aumento de los ataques aéreos, con el empleo de drones, lo que en febrero de 2026 registró el mayor total mensual jamás documentado en la RDC (ACLED, 2026). Las FARDC han intensificado el uso de drones y de armamento pesado para apoyar sus ofensivas terrestres, especialmente en zonas mineras. El 24 de febrero, un ataque con dron de las FARDC mató al portavoz militar del M23, el teniente coronel Willy Ngoma, y a varios altos mandos (Reuters, 2026). El M23 ha respondido con ataques kamikaze contra los centros de mando de las FARDC. En marzo, drones alcanzaron zonas residenciales de Goma, causando al menos tres muertes.

Aunque la presencia de otros grupos armados complica el escenario con alianzas variables, el eje central del conflicto sigue siendo el enfrentamiento entre las FARDC, junto a los Wazalendo, contra el M23, con presunto apoyo militar de Ruanda. Múltiples intentos de alto el fuego (Doha, Acuerdos de Washington y mediaciones angoleñas) han fracasado, produciendo únicamente treguas temporales.

Análisis estratégico-militar a marzo de 2026

El teatro de operaciones de la región oriental de la RDC se configura como un espacio de conflicto persistente de alta complejidad, caracterizado por la superposición de dinámicas interestatales, insurgentes y económicas. La región que abarca las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur constituye un entorno operativo fragmentado, donde la ausencia de control efectivo por parte del Estado congoleño ha favorecido la proliferación de actores armados y la consolidación de economías ilícitas asociadas a recursos clave. En términos estratégicos, el conflicto no responde a una lógica convencional de guerra interestatal, sino a un modelo híbrido, en el que convergen guerra proxy, insurgencia y competencia por recursos críticos.

Desde una perspectiva geopolítica, el eje central del conflicto se articula en torno a la rivalidad entre Ruanda y las FDLR, en la que el M23 opera como un actor proxy con una elevada capacidad táctica y operativa. La presunta implicación ruandesa introduce una dimensión de guerra indirecta que amplifica el conflicto, permitiendo a Kigali proyectar poder en profundidad sin asumir plenamente los costos políticos de una intervención abierta. Esta dinámica configura un escenario de competencia estratégica regional, en el que la seguridad fronteriza ruandesa se superpone a la disputa por zonas ricas en minerales estratégicos.

En el nivel operacional, el M23 muestra superioridad en maniobra y mando, lo que le permite ejecutar ofensivas rápidas y consolidar un control territorial cuasiestatal. En contraste, las FARDC presentan debilidades estructurales, mitigadas parcialmente mediante alianzas con milicias como los Wazalendo, aunque ello acarrea efectos negativos en la cohesión operativa.

El componente económico constituye un centro de gravedad crítico, ya que el control de los minerales financia las operaciones y condiciona la dinámica del combate. Mientras las FARDC buscan negar estos recursos al adversario, el M23 los protege para sostener su capacidad operativa, consolidando así una economía de guerra que reduce los incentivos para una solución negociada.

Figura N°4 Mapa de los avances del M23 en 2025. Nota: Critical Threats (2026).

En la fase actual, el conflicto se caracteriza por una mayor incorporación de tecnologías, especialmente drones y ataques aéreos, que impulsan una guerra de precisión limitada orientada a aumentar la letalidad sin desplegar grandes fuerzas. Aunque estos medios permiten atacar blancos clave, como la decapitación del liderazgo como método para degradar la estructura de mando enemiga, el M23 ha mostrado capacidad de adaptación mediante respuestas asimétricas, manteniendo el equilibrio del conflicto.

Figura N°5 El portavoz del M23, teniente coronel Willy Ngoma, llega a Goma el 29 de enero de 2026 Nota:Reuters (2026).

En términos estratégicos, el conflicto muestra una alta resiliencia, con treguas fallidas y la ausencia de condiciones para la estabilización. La debilidad estatal, la intervención regional y la economía de guerra generan un equilibrio inestable, sin posibilidad de una victoria decisiva, pero con incentivos para continuar la confrontación.

Conclusión

El conflicto en el este de la RDC presenta una configuración estructural que dificulta cualquier resolución a corto plazo, al combinar dinámicas de guerra híbrida, competencia geopolítica regional y economías ilícitas profundamente arraigadas. La convergencia de estos factores genera un entorno estratégico en el que la violencia no es un fenómeno transitorio, sino un componente funcional del sistema de poder local y regional.

En este contexto, la actuación de Ruanda, a través del M23, consolida un modelo de proyección indirecta de poder que limita las opciones de respuesta convencional de las FARDC. Esta asimetría estratégica, sumada a las debilidades estructurales del aparato estatal congoleño, impide alcanzar una superioridad decisiva en el campo de batalla y prolonga un equilibrio operativo caracterizado por avances tácticos limitados y reversibles.

Asimismo, el peso del factor económico —particularmente el control de los minerales estratégicos— actúa como un multiplicador del conflicto, al proporcionar recursos constantes para prolongar las hostilidades. Esta economía de guerra reduce significativamente los incentivos para la desmovilización y refuerza la fragmentación del espacio operativo, lo que dificulta cualquier proceso de estabilización o de reconstrucción estatal.

La creciente incorporación de tecnologías como los drones introduce un elemento adicional de complejidad al aumentar la letalidad y la precisión de los enfrentamientos, sin alterar sustancialmente la correlación de fuerzas. En este sentido, la innovación tecnológica no ha generado una ruptura decisiva, sino que ha contribuido a sofisticar un conflicto que permanece esencialmente estancado en términos estratégicos.

En consecuencia, el escenario más probable a corto y mediano plazo es la continuidad de un conflicto de baja a mediana intensidad, con episodios recurrentes de escalamiento localizado, particularmente en torno a centros urbanos y zonas mineras de recursos críticos. La ausencia de una solución militar viable, sumada a la persistencia de intereses regionales contrapuestos y a la debilidad institucional congoleña, sugiere que cualquier salida sostenible requerirá un enfoque integral que articule las dimensiones políticas, económicas y de seguridad a nivel regional.

Para finalizar, el este de la RDC seguirá operando como un espacio de competencia estratégica prolongada, donde la resolución del conflicto dependerá menos de victorias militares decisivas y más de la reconfiguración de los incentivos estructurales que hoy sostienen la guerra.

Revisa el material de apoyo

error: Content is protected !!