La Federación de Rusia persiste en sus propósitos políticos y estratégicos desde inicios de esta guerra, orientándose a cumplir con los documentos oficiales que dictan su hoja de ruta geopolítica de largo plazo. En el “Concepto de Política Exterior” del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia (2023), se establecen los lineamientos para contrarrestar la influencia occidental y reposicionar a Rusia como una potencia independiente dentro del contexto de un orden multipolar. En la “Estrategia de Seguridad Nacional de Rusia” (2021), se identifican las prioridades del Estado, destacándose la preservación de su esfera de influencia, especialmente dentro del espacio postsoviético y su defensa frente a las presiones externas, principalmente occidentales. A esto se agrega el documento “Doctrina Militar” en que se establece cómo y cuándo Rusia utilizará sus fuerzas armadas (Thailand, 2014). De estos textos se derivan acciones político-estratégicas que permiten afirmar la señalada persistencia, fundamentalmente mediante acciones políticas y militares.
Las acciones políticas de orden interno están destinadas a resguardar los objetivos políticos de largo plazo, por medio de procesos destinados a mantener el apoyo ciudadano y un control extremo sobre toda disidencia y medios de comunicación. En este ámbito, Rusia realiza frecuentes adaptaciones legislativas, principalmente en leyes de seguridad interior del Estado. En el orden externo, y con el objetivo de mantener su hegemonía dentro de su área de influencia cercana, Rusia desarrolla procesos de integración con sus aliados[1] y procesos de coerción económica y energética dirigidos a sus adversarios (Defensa, 2026).
Las acciones militares corresponden a operaciones desarrolladas por sus fuerzas militares en el extranjero, conforme a la política exterior del Estado, entre ellas, intervenciones que pueden escalar a conflictos armados[2]. Rusia utiliza su poder militar con el fin de evitar la expansión de la OTAN, proteger sus intereses vitales e influir en las reglas del orden regional y mundial.
En este contexto, Rusia desarrolla en Ucrania una Guerra de desgaste caracterizada por campañas militares prolongadas y acciones coercitivas permanentes de guerra híbrida en la “Zona Gris”[3] (Defensa, 2026).
Rusia mantiene su “intención político-estratégica” respecto de Ucrania
Si bien la “operación militar especial” evolucionó hacia una “guerra de desgaste” en la que, hasta ahora, ninguna de las partes ha logrado obtener una victoria militar definitiva, Rusia mantiene su intención político-estratégica centrada principalmente en mantener a Kiev bajo su esfera de influencia y evitar su integración en estructuras occidentales[4], conforme a las prioridades establecidas en sus “objetivos nacionales” (CSIS, 2026).
De esta manera, Rusia busca desmilitarizar Ucrania impidiendo que albergue infraestructura militar perteneciente a Occidente, principalmente de la OTAN, y que mantenga su neutralidad respecto de dicha alianza estratégica. Del mismo modo y como objetivo intransable, persigue el control territorial y soberano de las regiones del Donbás[5], así como desde el inicio de la “operación militar especial” persiste en su objetivo de producir un cambio político en Ucrania y eventualmente establecer un gobierno afín a sus intereses, que actúe bajo su dependencia y que no promueva ningún tipo de alianza política o de seguridad con Occidente.
Para obtener estos objetivos y en vista de que el Estado ucraniano no colapsó con las primeras operaciones de febrero de 2022, Rusia adaptó su estrategia hacia una guerra de desgaste que busca la erosión gradual de las capacidades militares, económicas y sociales de Ucrania. Una estrategia que combina avances territoriales limitados con ataques sistemáticos a infraestructuras críticas ucranianas (Agenda Pública, 2026).
Entre los principales “indicativos” de la persistencia rusa de su intención político-estratégica respecto de Ucrania, se incluye el mantener un esfuerzo militar sostenido sobre el oriente del país, encaminado a la consolidación territorial de la región del Donbás y al aseguramiento de su soberanía en la península de Crimea. Para ello, valiéndose de su profundidad estratégica, Rusia acciona mediante el uso combinado de drones, misiles, sistemas de guerra electrónica y el empleo de contingentes extranjeros (International Federation For Human Rights, 2026).
En el ámbito económico y basado en una gran resiliencia social, Rusia transformó su economía nacional en una “economía de guerra”. Para ello reestructuró su presupuesto nacional considerando una situación bélica de largo plazo y priorizó la producción industrial militar por sobre la de otros sectores económicos (SIPRI, 2026). Del mismo modo, mantiene acciones en los ámbitos político y diplomático, mediante las cuales insiste en la inamovilidad de sus exigencias fundamentales, para cualquier posible escenario de negociación y la invariabilidad de su narrativa que justifica la invasión de Ucrania ante la necesidad de rechazar la expansión de la OTAN sobre sus fronteras y con ello asegurar su núcleo vital (Universidad de la Plata, 2026).
Hechos que demuestran la voluntad rusa de continuar los esfuerzos de guerra en los niveles de la conducción político-estratégica
En el nivel político, el objetivo último de Rusia respecto de Ucrania es desarticular su soberanía, negando su existencia como Estado nación e impidiendo cualquier tipo de influencia dentro de su área de seguridad histórica, que incluye a Ucrania. Ello constituye una firme y fuerte determinación que implica una crítica fricción entre sus fines políticos originales y sus capacidades reales para llevarlos a cabo (Ciencia Política. UC). En el nivel militar, Rusia presenta una voluntad inquebrantable para imponerse militarmente a Ucrania y transformar parte de su territorio en una barrera geopolítica frente a la OTAN. Ello se demuestra con su incursión en Crimea en el año 2014 después de lo cual las agrupaciones separatistas del Donbás se integraron a las fuerzas armadas regulares rusas, derivando en una guerra multidominio e hibrida desde la invasión de Ucrania en febrero de 2022 y que se extiende hasta el día de hoy.
A pesar del creciente agotamiento de la población rusa y que sus objetivos territoriales y geopolíticos no se han conseguido aún, su población mantiene la “voluntad nacional” de continuar con los esfuerzos de la guerra, sobre la base de un férreo control estatal, una narrativa que apela al nacionalismo y una economía militarizada. Sin embargo, debido a los persistentes ataques ucranianos al interior de su territorio y a la Península de Crimea, diversos integrantes de organismos rusos, así como la misma Duma estatal, comienzan a presionar al presidente Vladimir Putin por un cambio hacia medidas mucho más fuertes y decisivas en la conducción de la guerra (Tandfonline, 2023).
A pesar de la fatiga que este conflicto ha generado en la población rusa y a las protestas aisladas que el gobierno ha debido disuadir, principalmente motivadas por los nuevos procesos de reclutamiento, existe un “consenso social” que denota que la voluntad de la mayor parte de la ciudadanía rusa aún se encuentra alineada con el discurso oficial, que prioriza la acción militar y la obtención de influencia geopolítica estatal en esta etapa del conflicto (Pucara, 2026).
Este consenso se ha visto facilitado principalmente porque para la mayor parte de la población rusa, la vida es todavía normal ya que la línea del frente se encuentra a cientos de kilómetros de distancia. Sin embargo, ello ha llevado a Ucrania a desplegar durante el 2026, con bastante éxito, una campaña orientada a la profundidad del territorio ruso, con el propósito de llevar la guerra a esos lugares y degradar la voluntad y el consenso nacional de su población ante el accionar militar ruso en Ucrania (BBC, 2025).
[1] Ejemplo de ello es su participación en la “Unión Económica Euroasiática (UEEA), organización de integración económica regional, de carácter supranacional, cuyo objetivo es crear un mercado único que garantice la libre circulación de bienes, servicios, capitales y mano de obra entre miembros, hasta ahora cinco países: Federación de Rusia, junto con las Repúblicas de Kazajistán, Bielorrusia, Armenia y Kirguistán.
[2] Como son los casos de Georgia (2008), Siria (desde 2015) y Ucrania (a partir de los años 2014 y 2022).
[3]Ataques a infraestructura crítica, campañas de desinformación masiva, injerencias electorales y ciberataques.
[4] Principalmente en la Unión Europea y en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
[5] Lugansk, Donetsk, Jersón y Zaporiyia que constituyen un 20% del territorio de Ucrania y se encuentran anexadas por la Federación de Rusia.
Conclusión
De lo señalado, se puede deducir que a pesar de haber tenido que adaptar en varias ocasiones su estrategia, Rusia mantiene inalterables sus objetivos político-estratégicos originales y que en lo fundamental manifiestan exigencias necesarias para su seguridad nacional, destinadas a impedir la integración de Ucrania a la OTAN y consolidar la anexión y soberanía del Donbás y la península de Crimea.
Se estima que Rusia ha mantenido hasta ahora el apoyo de su población y que, a pesar de la guerra, mantiene también, su hegemonía dentro del área Euroasiática en la que busca evitar cualquier tipo de influencia externa proveniente de Occidente.
Los indicativos rusos de su propósito, intención y voluntad se evidencian en la voluntad política y el esfuerzo militar sostenido sobre Ucrania, habiéndose optado por su desgaste progresivo hasta que existan condiciones, militares o diplomáticas, que le permitan hacer prevalecer sus objetivos nacionales.
Es probable que la inamovilidad de las exigencias rusas, así como la invariabilidad de su narrativa, derivadas de su necesidad de seguridad nacional, constituyan un freno para el éxito de cualquier proceso de negociación que surja en el futuro. De hecho, en el ámbito militar, Rusia muestra una voluntad inquebrantable por derrotar militarmente a Ucrania, por medio de operaciones convencionales y asimétricas, propias de la guerra híbrida, antes de llegar a cualquier tipo de acuerdo de paz.
Por tanto, será necesario establecer a futuro, cuáles son las holguras en que Rusia podría ceder, sin suprimir o dañar sus intenciones y propósitos doctrinales nacionales, conforme se desarrolle la situación en el campo de batalla.