Islas kuriles: disputa entre Rusia y Japón
Introducción
Las tensiones ruso-japonesas por las islas «Kuriles del Sur» —reivindicadas por Tokio como sus «Territorios del Norte»— registraron una significativa escalada en agosto de 2026, a raíz de la visita del presidente Vladímir Putin a las islas y de las maniobras con misiles posteriores realizadas por las fuerzas rusas en sus inmediaciones.
Figura N°1 Ubicación de las islas Kuriles y los territorios en disputa en el noreste de Asia. Nota: Obtenido de Russia’s Eurasian ambitions prompt Japan’s strategic response, por U. Schöttli, 2025, GIS Reports © 2025 por GIS.
La disputa por esas islas ha dejado de ser únicamente un litigio territorial heredado de la Segunda Guerra Mundial para convertirse en un componente de la competencia estratégica que se desarrolla en el Pacífico noroccidental en el siglo XXI. Aunque Rusia mantiene el control efectivo de la totalidad del archipiélago de las Kuriles y Japón reivindica únicamente las cuatro islas más meridionales —Iturup (Etorofu), Kunashir (Kunashiri), Shikotan y los islotes de Habomai—, la importancia del territorio supera ampliamente sus dimensiones geográficas.
Para Moscú, las Kuriles forman parte del dispositivo defensivo de su extremo oriental y contribuyen a proteger los accesos al mar de Ojotsk, un espacio de particular importancia para su Flota del Pacífico y para la disuasión nuclear rusa. Para Tokio, los denominados «Territorios del Norte» constituyen una reivindicación histórica y de soberanía, pero también se ven cada vez más vinculados al deterioro del entorno de seguridad en el noreste asiático.
La progresiva militarización de la región, el fortalecimiento de la alianza entre Estados Unidos y Japón, el acercamiento estratégico entre Rusia y China y la ruptura política entre Moscú y Tokio tras la guerra en Ucrania han reducido significativamente las perspectivas de una solución negociada. En las actuales condiciones, el escenario más probable es la prolongación del statu quo acompañada de una creciente dimensión militar del conflicto.
Antecedentes históricos y argumentos de la disputa
La delimitación territorial entre Rusia y Japón comenzó a formalizarse en el siglo XIX. El Tratado de Shimoda de 1855 estableció la frontera entre Iturup (Etorofu), bajo soberanía japonesa, y Urup, bajo soberanía rusa, dejando las cuatro islas actualmente disputadas del lado japonés. Posteriormente, el Tratado de San Petersburgo de 1875 transfirió a Japón el conjunto de las Kuriles a cambio del reconocimiento de la soberanía rusa sobre la isla de Sajalín. Tras la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905, el Tratado de Portsmouth otorgó a Japón, además, la mitad meridional de la isla recién mencionada. Esta situación cambió al finalizar la Segunda Guerra Mundial. En la Conferencia de Yalta de febrero de 1945, Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética acordaron la transferencia de las Kuriles y Sajalín a la URSS a cambio, entre otras condiciones, de su entrada en la guerra contra Japón. Tras declarar la guerra el 8 de agosto de 1945, las fuerzas soviéticas ocuparon Sajalín y las Kuriles entre finales de agosto y comienzos de septiembre.
Figura N°2 Ubicación geográfica de la isla de Sajalín Nota:Adaptado de Sajalín, la isla que lucha contra el aislamiento, por El País, 2019, El País.
Japón cuestiona la validez jurídica de esta transferencia, argumentando que no participó en el Acuerdo de Yalta y que este no podía determinar de manera definitiva la soberanía sobre sus territorios. Tokio sostiene, además, que las cuatro islas habían sido reconocidas como japonesas mediante la delimitación pacífica de 1855 y no habían sido adquiridas por conquista. La controversia jurídica se profundizó con el Tratado de Paz de San Francisco de 1951, cuyo artículo 2(c) estableció la renuncia japonesa a las «islas Kuriles» y a sus derechos sobre Sajalín meridional, pero sin definir exactamente qué territorios comprendía esa denominación ni determinar qué Estado asumiría su soberanía (Tratado de Paz con Japón, 1951). La Unión Soviética, además, no firmó el tratado.
Figura N°3 Ubicación de las islas Kuriles y los territorios reclamados por Japón Nota: Obtenido de Political formula for the Kurils, por M. Fritz, 2016, DW. © 2016 por DW.
Las posiciones de ambos Estados divergen principalmente en la interpretación de dicha renuncia. Rusia considera que las cuatro islas forman geográficamente parte de las Kuriles y, por consiguiente, quedaron comprendidas en la renuncia japonesa de 1951. Japón sostiene, en cambio, que Iturup, Kunashir, Shikotan y los islotes de Habomai no pertenecían a las Kuriles objeto de dicha renuncia: las dos primeras ya formaban parte de Japón antes de la transferencia territorial de 1875, mientras que Shikotan y los islotes de Habomai estaban vinculados a Hokkaido. Tokio también argumenta que renunciar a un territorio no equivale jurídicamente a transferir su soberanía a la URSS, en particular porque el Tratado de San Francisco no identificó a un Estado beneficiario y la Unión Soviética no fue parte del mismo. Estados Unidos respaldó posteriormente aspectos centrales de esta interpretación japonesa. No obstante, algunos antecedentes la cuestionan, entre ellos, declaraciones japonesas de 1951 según las cuales Kunashir e Iturup sí formaban parte de las Kuriles comprendidas en la renuncia (Clark, 2005) y (Lee, 2001, p. 15).
Posteriormente, la Declaración Conjunta Soviético-Japonesa de 1956 restableció las relaciones diplomáticas entre ambos países. Las negociaciones contemplaban la transferencia de Shikotan y los islotes de Habomai a Japón, pero solo tras la conclusión de un tratado de paz, según la condición rusa. Sin embargo, la falta de acuerdo respecto de Iturup y Kunashir impidió una solución definitiva. En consecuencia, el núcleo jurídico de la controversia continúa siendo la interpretación del alcance territorial de la renuncia japonesa de 1951, los efectos jurídicos de los acuerdos de la Segunda Guerra Mundial y la ausencia de un instrumento que haya resuelto inequívocamente la soberanía sobre las cuatro islas, lo que ha impedido, hasta la actualidad, la conclusión de un tratado de paz definitivo entre Rusia y Japón.
Escalada diplomática y militar en 2026
Las tensiones ruso-japonesas, deterioradas desde 2022 por las sanciones de Japón a Moscú y la suspensión rusa de las negociaciones del tratado de paz, se intensificaron de nuevo en agosto de 2026. A comienzos de ese mes, Rusia realizó maniobras de gran escala de la Flota del Pacífico, con unos 60 buques y submarinos, 30 aeronaves y más de 13.000 efectivos, que incluyeron ejercicios con fuego real cerca de Kunashir e Iturup. Ante el creciente despliegue militar ruso en las islas disputadas, Tokio presentó una protesta formal el 5 de agosto (Jiji Press, 2026).
La tensión aumentó los días 12 y 13 de agosto, cuando Vladímir Putin realizó su primera visita a las islas disputadas como jefe de Estado. Tras inspeccionar las maniobras navales en Sajalín, se trasladó a Iturup (Golubkova et al., 2026). La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, calificó la visita de «absolutamente inaceptable», mientras que el canciller Toshimitsu Motegi convocó al embajador ruso para protestar formalmente. Moscú respondió reafirmando su soberanía y convocando al embajador japonés, además de acusar a Tokio de haber «sobrepasado los límites de la decencia» y advertir sobre posibles contramedidas por su apoyo a Ucrania (Blair, 2026a).
Figura N°4 Ciudad de Kurilsk, en la isla de Iturup, con el volcán Bogdán Khmelnitski al fondo. Nota: Obtenido de How the Kuril Islands dispute arose, and the story behind Russian-Japanese peace efforts, por TASS, 2019. © Sergey Krasnoukhov/TASS.
Una semana después, Rusia intensificó su demostración de fuerza con nuevos lanzamientos de misiles cerca del archipiélago. Las fuerzas rusas emplearon sistemas Bastion con misiles Oniks desde Iturup, misiles Vulkan desde el crucero «Varyag» y misiles Granit desde el submarino nuclear «Omsk», alcanzando objetivos a más de 300 kilómetros y provocando una nueva protesta diplomática de Japón (Blair, 2026b).
Pese a la escalada, no se reanudaron las negociaciones ni se produjeron concesiones por parte de ninguno de los dos países. Tokio evaluó posibles sanciones adicionales o el retiro temporal de su embajador, pero cerró agosto sin adoptar contramedidas significativas, lo que refleja su limitada capacidad para influir en Moscú y la incertidumbre sobre la respuesta del presidente Trump.
Analistas como James D. J. Brown interpretaron la visita de Putin y las maniobras militares principalmente como una señal de que Moscú no contempla concesiones territoriales. El mensaje estaría dirigido tanto a Tokio, por su apoyo a Ucrania, como a la opinión pública rusa, reforzando la firmeza del Kremlin respecto de su soberanía sobre las islas (Manning, 2026).
Análisis estratégico militar
Desde una perspectiva estratégico-militar, el valor de las islas Kuriles para Rusia excede ampliamente la dimensión territorial de la controversia con Japón. El archipiélago constituye una barrera geográfica entre el mar de Ojotsk y el océano Pacífico y forma parte del dispositivo defensivo del extremo oriental de Rusia. Su control permite a Moscú proteger los accesos marítimos a Ojotsk, preservar la libertad de maniobra de la Flota del Pacífico y reforzar la seguridad de un espacio relevante para su capacidad de disuasión nuclear. Por ello, una eventual cesión territorial sería percibida no solo como una concesión diplomática, sino también como una modificación de la configuración defensiva rusa en el Pacífico.
La actividad militar observada en agosto de 2026 refuerza esta apreciación. Las maniobras de la Flota del Pacífico, las prácticas con fuego real y el empleo de los sistemas Bastion/Oniks y de los misiles Vulkan y Granit evidencian capacidades destinadas al control y a la negación de los espacios marítimos próximos al archipiélago. Más que como preparativos para una acción ofensiva contra Japón, estos ejercicios pueden interpretarse como una demostración de la capacidad rusa para obstaculizar el aprovisionamiento de las fuerzas navales adversarias y proteger los accesos al mar de Ojotsk. Al mismo tiempo, constituyen una señal militar dirigida tanto a Tokio como, en un plano estratégico más amplio, a Estados Unidos.
Figura N°5 El Presidente Putin observa el lanzamiento de un misil desde el «Varyag» durante los ejercicios de la Flota del Pacífico de Rusia Nota: Obtenido de Russia’s missile tests around disputed islands anger Japan, por The Guardian, 2026b. © Gavriil Grigorov/Reuters.
La posición geográfica de las Kuriles cobra especial relevancia en el contexto de la alianza entre Japón y Estados Unidos. Desde la perspectiva rusa, cualquier modificación sustancial del control territorial en el sector meridional tendría consecuencias que trascienden la relación bilateral con Japón. El fortalecimiento de los vínculos entre Tokio y Washington y el deterioro de las relaciones ruso-japonesas desde 2022 favorecen que Moscú considere cada vez menos las islas como objeto de negociación y, más bien, como parte de su dispositivo de seguridad frente a la presencia militar estadounidense en el Indo-Pacífico.
Para Japón, la creciente militarización rusa también incrementa la importancia estratégica de una controversia tradicionalmente asociada a cuestiones históricas, jurídicas y de soberanía. La proximidad de Kunashir e Iturup a Hokkaido hace que el despliegue de sistemas militares rusos tenga efectos directos en su entorno de seguridad. Sin embargo, la asimetría militar entre ambos países y la alianza de Japón con Estados Unidos hacen improbable que Tokio intente modificar el statu quo por la fuerza. Su respuesta previsiblemente continuará basándose en la protesta diplomática, el fortalecimiento de sus capacidades defensivas y la coordinación con Washington.
En este escenario, el principal riesgo no parece ser una operación militar deliberada por parte de alguna de las partes, sino una escalada derivada del aumento de la actividad militar. La combinación de ejercicios navales, lanzamientos de misiles, zonas de exclusión y patrullas aéreas y marítimas en un espacio geográficamente reducido incrementa la probabilidad de incidentes o de errores de cálculo. Una crisis de este tipo podría adquirir rápidamente una dimensión mayor debido a la alianza entre Japón y Estados Unidos.
En consecuencia, la evolución observada en 2026 apunta a una consolidación militar del statu quo. Rusia mantiene el control efectivo de las islas y posee crecientes incentivos estratégicos para conservarlo, mientras Japón mantiene su reivindicación, pero carece de medios políticamente aceptables para modificar la situación por la fuerza. La militarización rusa cumple así una doble función: operacional, al fortalecer la defensa del extremo oriental y de los accesos al mar de Ojotsk; y político-estratégica, al elevar el costo de cualquier intento de alterar el control ejercido por Moscú y reducir el margen para una futura negociación territorial.
Conclusiones
La controversia por las islas Kuriles continúa vinculada a interpretaciones contrapuestas del orden territorial surgido de la Segunda Guerra Mundial. Los acuerdos de Yalta, las declaraciones de El Cairo y Potsdam, el Tratado de San Francisco de 1951 y la Declaración Conjunta Soviético-Japonesa de 1956 ofrecen fundamentos históricos y jurídicos que ambas partes interpretan de manera diferente. Japón sostiene que Etorofu, Kunashiri, Shikotan y los islotes de Habomai no quedaron comprendidos en su renuncia a las «islas Kuriles» ni fueron transferidos jurídicamente a la Unión Soviética. Rusia, en cambio, considera su soberanía sobre estos territorios un resultado legítimo y definitivo de la Segunda Guerra Mundial. La ambigüedad de los instrumentos de posguerra ha contribuido, por tanto, a perpetuar el contencioso.
No obstante, la disputa ha ido trascendiendo su dimensión histórico-jurídica. Para Rusia, las Kuriles forman parte de la defensa de su extremo oriental, de la protección de la Flota del Pacífico y de la seguridad de los accesos al mar de Ojotsk. Para Japón, la creciente presencia militar rusa en territorios que considera propios agrava un entorno regional ya caracterizado por mayores tensiones de seguridad. En consecuencia, el valor estratégico de las islas eleva considerablemente el costo de cualquier concesión territorial eventual por parte de Moscú.
La escalada de agosto de 2026 confirmó esta tendencia. La visita del presidente Putin a Iturup, las maniobras militares a gran escala y los lanzamientos posteriores de misiles constituyeron tanto una demostración de capacidad militar como una reafirmación política del control ruso. La respuesta, principalmente diplomática, de Tokio evidenció, a su vez, sus limitaciones para modificar unilateralmente el equilibrio existente. Aunque estos acontecimientos no alteraron la situación territorial ni reactivaron las negociaciones, sí reforzaron la dimensión estratégica y militar de la controversia.
En el corto y mediano plazo, el escenario más probable es la continuidad del statu quo, acompañada de una militarización progresiva y de episodios periódicos de tensión diplomática. Una solución negociada parece poco probable mientras Rusia considere las islas esenciales para su dispositivo defensivo y Japón mantenga su reivindicación sobre los cuatro territorios. Al mismo tiempo, una confrontación militar deliberada sigue siendo improbable debido a sus elevados costos y al riesgo de involucrar a Estados Unidos.
De mantenerse estas tendencias, la controversia tenderá a integrarse cada vez más en la competencia estratégica del Pacífico noroccidental. Las Kuriles dejarían así de representar principalmente un problema bilateral heredado de la Segunda Guerra Mundial para consolidarse como un punto de fricción en el equilibrio entre Rusia, Japón y Estados Unidos en el Indo-Pacífico. Su importancia futura dependerá menos de una modificación inmediata de su soberanía que de su función en la arquitectura defensiva rusa y de su influencia en el fortalecimiento del alineamiento estratégico entre Japón y Estados Unidos.