La doctrina de guerra iraní del siglo XXI, conocida como «defensa mosaico» (o «defensa mosaico descentralizada»), constituye una estrategia deliberada basada en la resiliencia, la asimetría y el desgaste prolongado. Está concebida para una potencia tecnológicamente inferior que se enfrenta a adversarios superiores, como Estados Unidos o Israel. Según un medio de comunicación del Golfo, «Teherán ha desarrollado una estrategia para amortiguar los golpes, sobrevivir a los ataques de decapitación y convertir el tiempo en un arma» (Al Jazeera, 2026). Esta doctrina fue perfeccionada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) bajo el mando de comandantes como Mohammad Ali Jafari, a partir de las lecciones extraídas de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), de las invasiones estadounidenses de Irak en 1991 y 2003, y de las operaciones militares de Israel. La hipótesis fundamental es que cualquier conflicto de gran escala implicará la superioridad aérea del enemigo, ataques de precisión contra líderes y centros de mando, así como intentos de «decapitación». En consecuencia, la doctrina plantea la construcción de un sistema capaz de absorber esos golpes y de mantener la capacidad de combate de manera sostenida en el tiempo (IISS, 2017).
Figura N°1 El ayatolá Alí Jamenei, concediendo la Orden de Víctor a Amir Ali Hajizadeh, comandante de la Fuerza Aeroespacial del CGRI, el 6 de octubre de 2024 Nota: Al Jazeera (2026).
Principios fundamentales de la doctrina del mosaico
Los principios que estructuran la doctrina del mosaico pueden sintetizarse en los siguientes ejes:
- Descentralización frente a la centralización.
- Configuración del campo de batalla en forma de «mosaico» y en capas.
- Empleo de herramientas asimétricas como mecanismo de equilibrio.
- Defensa anticipada y disuasión basada en el castigo.
En lo que respecta a la «descentralización frente a la centralización», Irán se organiza en aproximadamente 31 comandos regionales o provinciales semiautónomos del CGRI. Cada uno de ellos dispone de su propia cadena de mando, redes de inteligencia, arsenales preposicionados (incluidos misiles, drones y armamento ligero), sistemas de comunicación y planes operativos previamente definidos. De este modo, en caso de que Teherán sea atacada o las comunicaciones centrales se vean interrumpidas, las unidades locales mantienen la capacidad de operar de manera autónoma y sostenida. Este esquema de mando suele describirse como el modelo del «Cuarto Sucesor» o «sin botón de apagado», en el que las cadenas de sucesión escalonadas y la delegación de autoridad aseguran la continuidad operativa incluso tras la eliminación de múltiples niveles de liderazgo (The Golden Institute for International Strategy, 2026).
En el concepto de «campo de batalla en mosaico y en capas», el territorio nacional se configura como una red compleja y superpuesta de defensas convencionales, unidades guerrilleras irregulares, fuerzas de movilización popular —como el Basij[1]— y una resistencia que se articula con la población civil. El propósito central es transformar el tiempo en un recurso estratégico: impedir una victoria rápida del adversario, incrementar progresivamente los costos de la confrontación y forzarlo a un conflicto prolongado de desgaste (Al Jazeera, 2026).
Otro de los pilares de esta doctrina es el empleo de «herramientas asimétricas como factor de equilibrio». Ante la imposibilidad de igualar el poder aéreo y las capacidades convencionales de Estados Unidos e Israel, Irán recurre a una combinación de misiles balísticos y de crucero, así como a enjambres de drones de bajo costo, operados desde plataformas móviles y dispersas. Asimismo, se apoya en una red de actores aliados —el denominado «Eje de la Resistencia», que incluye a Hezbolá, los hutíes y diversas milicias chiitas en Irak— para proyectar fuerza más allá de sus fronteras. A ello se suman tácticas navales asimétricas, como el uso de lanchas rápidas en enjambre, minas marinas y misiles antibuque (George C. Marshall European Center for Security Studies, 2007). Complementariamente, estas capacidades se integran con herramientas en el ámbito cibernético, la guerra electrónica y la denominada «defensa pasiva», que comprende medidas como el camuflaje, la construcción de instalaciones subterráneas y la dispersión de activos estratégicos.
[1] Las «Fuerzas de Movilización Popular Basij» (o simplemente «Basij») son una milicia paramilitar voluntaria de Irán. Es una de las cinco ramas principales del CGRI y actúa como una fuerza auxiliar popular e ideológicamente motivada.
Por otra parte, la doctrina incorpora los principios de «defensa anticipada» y «disuasión mediante el castigo». Bajo este enfoque, se busca enfrentar al adversario lo más lejos posible del territorio nacional —mediante el empleo de proxies y capacidades de ataque de largo alcance—, al tiempo que se mantiene
una amenaza creíble de represalias significativas contra infraestructuras críticas, rutas marítimas y bases militares. El objetivo es elevar sustancialmente los costos políticos y económicos de cualquier agresión (IRAM, Center for Iranian Studies, 2025).
Durante la década de 2020, los estrategas iraníes comenzaron a debatir abiertamente un posible giro hacia un mayor énfasis ofensivo y una «disuasión activa», que incluso contempla acciones preventivas basadas en «signos objetivos de amenaza» (Iran Analytica, 2026). No obstante, pese a esta evolución conceptual, el núcleo de la doctrina del mosaico se mantiene esencialmente defensivo y orientado al desgaste prolongado del adversario.
Cómo se está aplicando la doctrina en la actual guerra de Irán
La guerra en curso de Irán se inició el 28 de febrero de 2026 con una serie de ataques aéreos sorpresa, coordinados entre Estados Unidos e Israel, que resultaron en la muerte del líder supremo, Alí Jamenei, junto con decenas de altos funcionarios y mandos militares. Este golpe constituyó un intento explícito de decapitación del liderazgo político-militar del país (Reuters, 2026). No obstante, lejos de provocar un colapso del sistema, Irán ha logrado mantener su cohesión y su capacidad operativa. De esta manera, la doctrina del mosaico se encuentra siendo puesta a prueba en tiempo real y, hasta ahora, parece responder a los supuestos para los que fue concebida.
Figura N°2 Infograma explicativo de la doctrina de guerra iraní del siglo XXI Nota: Notes on Geopolitics (2026).
En primer lugar, se observa una clara continuidad descentralizada. Las unidades provinciales del CGRI y los mandos que han sobrevivido continúan ejecutando operaciones, incluyendo el lanzamiento de misiles y drones, pese a las pérdidas sufridas en el nivel central de mando. Irán ha sostenido bombardeos diarios contra Israel, distribuyendo los ataques a lo largo del día para maximizar la presión psicológica sobre la población civil y obligarla a refugiarse reiteradamente (ISW, 2026).
También puede observarse una potencia de fuego degradada, aunque aún persistente. Diversos informes occidentales indican que los ataques estadounidenses e israelíes habrían destruido o dañado aproximadamente dos tercios del arsenal de misiles iraní, así como cientos de lanzadores. No obstante, ante estas pérdidas, Irán ha demostrado una notable capacidad de adaptación, recurriendo a salvas de menor escala, al ocultamiento de lanzadores y al empleo de sistemas móviles —tácticas propias de la lógica del mosaico— (ISW, 2026).
Asimismo, el conflicto evidencia una escalada tanto horizontal como vertical. Por un lado, Irán ha extendido el teatro de operaciones a nivel regional mediante el uso de proxies que atacan objetivos estadounidenses e israelíes en Irak, Siria, Líbano y Yemen. Por otro lado, ha intensificado sus acciones contra defensas aéreas, infraestructuras críticas y nodos logísticos, en línea con el enfoque de «no calibrar, escalar» identificado en análisis recientes (Centro de Estudios Estratégicos de la Academia de Guerra del Ejército de Chile, CEEAG, 2026).
Finalmente, se aprecia un proceso de desgaste prolongado en los atacantes. Al momento de redactar este Observatorio —transcurrido un mes desde el inicio de las hostilidades—, Irán no muestra señales de capitulación. Por el contrario, la lógica doctrinal parece orientarse a resistir el impacto inicial, absorber las pérdidas y transformar el conflicto en una guerra de desgaste destinada a erosionar la voluntad del adversario, al tiempo que se busca consolidar el apoyo interno y proyectar respaldo en el ámbito internacional (Al Jazeera, 2026).
Conclusión
El análisis de la doctrina bélica iraní del siglo XXI refuerza la noción de que las formas contemporáneas de la guerra privilegian cada vez más la resiliencia, la adaptabilidad y el uso de estrategias asimétricas por encima de la mera superioridad material. Los conflictos recientes muestran que Estados más pequeños o tecnológicamente menos avanzados pueden ampliar significativamente su capacidad de resistencia frente a adversarios superiores mediante estructuras de mando descentralizadas, una planificación operativa flexible y enfoques tácticos innovadores.
En este contexto, la «estrategia de defensa en mosaico» de Irán se presenta como un caso paradigmático de cómo un Estado puede prepararse para sostener un conflicto en condiciones de desventaja estructural. La existencia de múltiples cadenas de mando paralelas, de mecanismos de sucesión escalonados y de un control territorial distribuido a nivel provincial garantiza la continuidad operativa incluso ante ataques de decapitación. A ello se suma la incorporación de tecnologías modernas —como sistemas alternativos de navegación satelital— y la asimilación de lecciones aprendidas de conflictos recientes, lo que evidencia una postura militar dinámica y en constante adaptación al entorno estratégico-tecnológico.
En esencia, el enfoque iraní no busca una victoria decisiva mediante el uso de una fuerza abrumadora. Por el contrario, prioriza la prolongación del conflicto y la imposición de costos acumulativos al adversario mediante una estrategia de desgaste —una lógica que puede sintetizarse en la expresión «muerte por mil cortes». Este planteamiento refleja una transformación más amplia en el pensamiento militar contemporáneo, en el que la resistencia sostenida, la presión económica y el desgaste psicológico adquieren un papel central.
En definitiva, aunque la eficacia de la doctrina iraní para alcanzar sus objetivos estratégicos de largo plazo sigue siendo incierta, su aplicación actual pone de relieve la creciente relevancia de las estrategias basadas en la resiliencia y la asimetría en los conflictos modernos. En este sentido, la doctrina subraya una lección clave de la guerra contemporánea: que, bajo determinadas condiciones, la innovación táctica y la paciencia estratégica pueden compensar —al menos en parte— las asimetrías del poder militar convencional.