Prólogo
Conmemorar ciento cuarenta años puede ser un ejercicio de celebración o de comprensión. Los artículos de este documento optan por lo segundo. Los dos estudios que reúne abordan períodos distintos — la formación doctrinaria entre 1886 y 2000, y la transformación del Curso Regular de Estado Mayor en el siglo XXI—, pero describen un mismo mecanismo. La pregunta no es cuánto ha durado la Academia de Guerra, sino qué explica su permanencia. La respuesta es más fecunda que el elogio: la Academia perduró porque nunca fue un depósito de conocimiento recibido, sino un dispositivo de apropiación.
Una tradición apropiada, no heredada
El decreto de 9 de septiembre de 1886 no celebra una victoria reciente: enumera carencias.
Fundar la primera academia militar superior de América Latina fue un acto de autocrítica en la cima del prestigio militar.
De ahí que la llamada prusianización resista la lectura que la reduce a imitación. El intercambio tuvo dos direcciones —instructores alemanes en Santiago, cerca de setenta oficiales chilenos en Alemania hacia 1914— y no se agota en Emilio Körner: la iniciativa de oficiales como Jorge Boonen Rivera concurrió en igual medida. La evidencia más nítida es el Manual para el mando de las tropas de 1914, traducido “i arreglado para el uso del ejército chileno”: el modelo entraba corregido, no calcado. La prueba definitiva es que el receptor se volvió emisor: entre 1900 y 1915, comisiones chilenas contribuyeron a fundar academias de Estado Mayor en Ecuador, El Salvador y Colombia, y entre 2000 y 2024 egresaron del Instituto 135 oficiales de 18 países.
La continuidad como método
Lo que persiste no es un contenido sino un método. Cuando en 1942 se rompieron las relaciones con Alemania y el referente pasó a ser estadounidense, lo incorporado permaneció: un legado que sobrevive a su fuente ya no es influencia externa, es identidad. Los juegos de guerra, presentes en el currículo fundacional, siguen siendo la columna vertebral del Curso Regular: han evolucionado de la carta a la simulación computacional de factura nacional, y del supuesto convencional al ejercicio interagencial con organismos policiales y de protección civil, sin dejar de ser el mismo instrumento de formación del juicio. La reforma curricular por competencias se edificó sobre la doctrina de guerra de maniobra, el legado que el primer estudio rastrea hasta Moltke. La continuidad debe afirmarse con precisión: el mando tipo misión contemporáneo no es el concepto moltkeano, pero comparte con él la claridad de la misión, la aceptación de la incertidumbre y la libertad de acción del subordinado.
Esa es la clave para leer los referentes actuales. La adopción de estándares aliados o la acreditación ante la Comisión Nacional de Acreditación no inauguran dependencia: repiten la operación de 1886 con otros interlocutores, y confirman a la Academia como espacio de encuentro entre lo militar y lo civil.
Palabras finales
El desafío es exigente: frente a amenazas híbridas y una frontera difusa entre guerra y paz, el Estado Mayor debe operar como órgano de gestión de crisis multidimensionales sin renunciar a su función primaria.
Invito al lector a recorrer estas páginas con espíritu crítico antes que conmemorativo: comprender cómo una institución aprendió es la mejor manera de asegurar que siga haciéndolo. En su
aniversario 140, el lema “Ser más que parecer” resume el criterio con que debe leerse esta historia: no como un patrimonio que se exhibe, sino como una exigencia que se hereda.
Crl. Cristóbal Álamos Díaz
Director de la Academia de Guerra